Mis papás me compraron una computadora con mucho esfuerzo cuando tenía diez años, y esa máquina me marcó. Aprendí a hacer páginas web antes de terminar el colegio, al mismo tiempo que tomaba clases de pintura, tocaba la guitarra y el saxo, y empezaba a meterme con los sintetizadores. La música y el cuerpo me acompañaron desde siempre, entre el circo, la acrobacia y todo lo que me iba probando. Nunca tuve que elegir un solo lado, y eso fue tanto porque me lo permitieron como porque me lo permití. Quizás vos también tenés tu propia versión de eso, una infancia con muchos intereses que después la vida adulta te pidió ordenar en uno solo.
De grande, esa misma curiosidad se ordenó en formación y trabajo. Estudié marketing, diseño gráfico y diseño de indumentaria, y de ahí salté al arte: artes visuales, artes electrónicas, composición. Me especialicé en síntesis sonora y me obsesioné con cómo el sonido entra al cuerpo y modifica un estado antes de que la cabeza alcance a nombrarlo.
Mientras tanto ya estaba construyendo cosas. Armé una marca de ropa, una de mochilas y una de papelería, algunas funcionaron y otras no, y en todas aprendí algo distinto sobre levantar un proyecto desde cero. Participé en formaciones y concursos para emprendedores, fundé una empresa de software con compañeros de la facultad, toqué en bares y trabajé de VJ en vivo, mezclando imagen y sonido en tiempo real. Di clases en cursos particulares, en mi propio espacio, en centros culturales y en la universidad, y descubrí que enseñar lo que sé hacer es otra manera de ordenarlo. Me formé en yoga y meditación, y empecé a ver que el sonido, la respiración y el movimiento eran la misma herramienta vista desde ángulos distintos. Y durante más de diez años desarrollé productos digitales en startups nacionales e internacionales. Aprendí a construir sistemas que funcionan, a pensar en escala, a llevar una idea desde el concepto hasta algo que la gente usa todos los días. En los últimos años sumé el trabajo con inteligencia artificial, como medio creativo en el sonido y la composición y como herramienta de desarrollo para construir más rápido y con menos manos.
Durante mucho tiempo viví todo eso como compartimentos separados. El arte por un lado, los emprendimientos por otro, el bienestar en una tercera caja, el código en una cuarta, como si tuviera que justificar ante cada interlocutor por qué hacía también las demás. Si trabajás en varias cosas a la vez, ya sabés la sensación: contestar "¿pero a qué te dedicás?" se vuelve una negociación cada vez.